Aprendí mis palabras en el tiempo,
salieron como el jugo de un limón,
a refrescar las notas
del teclado,
y liberar con ello al
corazón.
Después de tanto tiempo
en la antesala,
las letras van en hilos
al perfil
sobreempujadas por el filo estrecho,
que mi cabeza dibujó
sin fin.
Tasadas notas sueltas que a la vista
sorprende su desorden sin sentido,
poniendo en mi memora nombre luego,
y relegando en orden
al destino.
Viene distinto eco y
sentimiento,
que clava la fijeza en un abismo,
abismo, que de tu lado era
la balsa en el espacio sin el río.
Y sin la turbulencia
de su agua,
enmascaró en placer su abrupto brío,
y golpeado con fin del curso,
comienza el
movimiento de un destino.
Corta es la vida y el corte sin fin,
de la memoria escrita
puede atar,
como una manta que
quiere agarrarse
y en ella a muchas
madres sujetar.
Que cruel el destino traicionero,
que sin el fin de amor que no está,
prendiendo espejismos en el aire,
fija los ojos hacia
ningún lugar.
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