Yo lánguida, amarilla en rostro y gris,
mirada entumecida, abstracta y terca
que busca el calor en día nublado,
de sombras y de clavos de metralla.
Con dolorosa y hastía incomprensión,
jugándome mis huesos
y mi cruz
por derrotar al
cuchillo de mis gajos,
prendida de mi pecho
dibujé la esperanza con ahínco,
con pasión con amor.
Tu, amigo o hermano en desventaja
o cruel desconocido
lisonjero,
que del amor y de la muerte pasas
con vigilante tránsito viajero.
Tú pétreo aventurero desmedido,
que aminorada tu marcha en el destino,
fugaste los colores de otros ojos,
con el señuelo oculto de otras vistas.
Y nublas la mirada y endureces
la voz, contando lenta y mesurada
la tarde sin pesquisa que indolente
bajo tu sombra pasa.
Y cerrando el timbre de tu voz
por los muertos , pasados y olvidados,
medirás la de féretros futuros,
con movidas de arenas movedizas
de un registro que frío, hiela al hielo.
Y describes, con suma perfección,
los quehaceres malditos de la ira,
de hijos de malos padres y asesinos,
que buscan removerte en sus principios,
con fuego de batalla
esperanzada
y miedo de locura en la mirada.
Pongo mi imán y peso, sin enojos,
en tus ajadas manos de pitillo.
Al clamor de los ojos que se espíen,
sale el hacha de un tenaz pensamiento,
de rayas van los presos,
de rojo los tormentos,
de verde es la esperanza de los duelos
que eximen y perdonan
con suaves caramelos.
Y antes, de la vista al pensamiento,
oscuro, que no llega a la boca,
que apaga los colores,
que aleja las
sonrisas, los amores,
y olvida que de nuevo el pensamiento
conducirá los pasos a la nada,
en mecánico elemento. Y nada,
nada más deambular,
perderse entre la gente,
sin encontrar camino que cruzar
en mi pecho indolente,
el sollozo y la risa que se atrapan
de esta que (cruel) la vida me agazapa.
Perdidos los recuerdos de mis hijos,
Perdidos, en la marea del tiempo,
los gritos de dolor sobre sus partos.
Dolor ensangrentado,
golpeado,
sumido y olvidado, como el ser
que parte de mi alma se ha llevado.
Camino, y es mi pie
no más que un útil utensilio
que arrastra del compás de un pensamiento
al peso de mi cuerpo como imán,
fijado en ningún
sitio.
Pesares sin recuerdos.
Recuerdos sin pesar,
sin amor que contar y con la vida
sumida en el azar.
Compañía de los solos es la lluvia,
que moja los rincones en el suelo
y el alma me humedece
y mi pelo resbala por los hombros
dibujando a la joven campesina,
sirviente de inmorales familieros,
inquieta detective encrucijada,
doctora en horas frías descampadas,
con hojas que en el
viento se perdieron
llevándose mi letra y mis recuerdos.
“Y volverán como a
Becquer madreselvas”
esos lazos de nudos sin igual,
que anclados a la mente en esperanza,
más despoblan amores al andar
Camino angosto y frío,
en abrigos cuajados de humedad,
en mangas que no llegan a su sitio,
en la lucha sin tregua y sin igual.
El alma de las cosas a mi paso
me pierde al caminar,
con invierno de hierro amortajado,
que encima de los hombros, pesa más.
Y aquí, petrificada la metralla,
cual Cupido enojado,
que en flecha
venenosa petrifique
el cuerpo que ha tocado,
el aliento al que mira, y de sus ojos
al amor que derrota y multiplica
el infernal dolor tras su escapada.
Cual ciudad que tras fuerte tormenta
desgarró los visillos olvidados,
muy lejos se han quedado
las risas compañeras
que en el camino
angosto se perdieron
y ahora se empañaron,
tras la lánguida rosa de amarillo
que en el alma se moja
como gotas suaves de un rocío,
que encima de sus hojas
arrastren y se lleven la alegría.
Y al encuentro del viejo vigilante
como alguien que busca sin pensar
en su puerta cerrada a cal y canto
me atrapo con el peso de mi imán.
No hay palabras que atienda, ni sonrisa
que devuelva su rostro de metal,
ni empatía, más que no sea que ambos
estemos en un punto
unidos y distantes por el mal.
Y losa de horas muertas
en la puerta,
de un peso sin igual
se van perdiendo ciertas, sin respuestas
ni palabras que dar.
No merece la pena mi recuerdo,
tragado como un puño de cristal
sobre el vientre vacío y encogido
tras un muro sin par,
como cristales rotos que en el cielo
se pierden al mirar,
sin pensar, que al camino que vuelvas
los vuelvas a pisar.
No merece la ira una
respuesta,
que arruine el mundo en el que va,
no merece un amor que no lo es,
no merece el hablar al no escuchar.
Y en nulo movimiento con vigilia
vigilada y anclada tras la raya,
me aferro con la fuerza de mis manos
de mi pecho clavada a la medalla
que dolorida y rota me adornaba.
Y así sin taburete,
sin asiento, sin sueños, sin recuerdos,
busco nueva esperanza
de otra vida
y despacio resucite a mi memoria
aliento y pensamiento, en nueva historia.
O volverá el invierno a mis pupilas,
restregadas en mis manos con la sal,
de lágrima que del
ojo haya caído
y busque con las nubes soledad.
Antonia Valle
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