sábado, 23 de diciembre de 2017

FELICES FIESTAS

A mí nadie me ve pensó el abuelo.
Había esperado por la calle viendo los niños saltar y adiós al momento, el juego estaba sujeto a unas reglas pero pasó rápido, tan rápido como el vuelo de un pájaro que disfrutaba de las vistas hasta llegar a su nido, con sus polluelos. Fue un juego aventurado y arriesgado, los niños pierden su miedo mientras disfrutan jugando y a la vez se preparan para la vida adulta. Después cogimos nuestras cosas, bolsos, meriendas por consumir, el carrito del bebé, a los niños y nos fuimos.
Fuimos a ver a los jóvenes que hablaban de sus cosas, del colegio, de los amigos, del rubor en las mejillas de mi niña, mayor ya, cuando la miró el chico guapo de la clase. Hablaron de la ropa que le gusta para la fiesta de cumpleaños sorpresa que le preparaban los padres, cuyas mentes no podían pensar en otra cosa  que en que todo saliera bien.
 Así en el mismo parque sentados como tontos en un banco viendo los cúmulos nimbus pasar y esperando el beso del vuelo a un paso del suelo, sujeta por la cintura del amado y ese escalofrío singular de las mariposas a la que además acompaña hoy el vuelo de la falda.
Su cara  tras la primera falta después, con estrellas en los ojos tras la prueba de embarazo que hace al amor digno de ser amado y el abrazo de apoyo de la más cálida de las parejas. Caminar juntos de la mano después, junto a los niños que corren en vueltas y vueltas de la vida y he aquí sentado junto a Aristóteles en el más escueto estudio de su poética en la retórica y repetitiva espiral de hojas caídas en el mismo banco, apartadas para sentarme a pasar la tarde y esperando que no llueva, esperando recordar días en el mismo parque, soñando aún también con el futuro, recuerdo perfectamente la vida del joven que jugó a ser y fue.
 Después de ver a los nietos, imaginé su vida y pasó, les ayudé en su caída sin que me vieran, poniendo la primera piedra para que el suelo sostuviera sus pies, después imaginé como sería su fiesta de cumpleaños, su fantasía fue, antes la mía, ese carrusel que eleva el carruaje hasta arriba y lanza serpentinas de colores  y que  empecé hablando con los primeros nómadas que trajeron las primeras piezas recreativas, pero  a mí me cogió mayor para montar.
 Después miré su cara tras la regañina de mi hija, impotente y supe que hablar despacio era la mejor manera de no hacerlo llorar y hablé muy despacio a mi hija, la escuché siempre, la amé al hacerlo para que su hijo nunca llorara porque ella no lo hizo tampoco. 
Después, apartando los libros imaginé a mi hijo en la oficina, cansado, absorto en su trabajo durante horas e inventé este parque para relajarme y casualmente encontrarme con los míos,  y que jugaran mi nietos en él y conseguí que mi hijo se tomara un respiro para disfrutar.
Ante la soledad miré a aquella joven enamorada que venía cada tarde, contuve el aliento pues a mí, el servicio militar me separó de mi primer amor, aunque no pude hacer nada, se fue sin más y la lloré, a ella no le pasará, pero quizás esté embarazada y sus ojos serán como las estrellas del cielo cuando mire a su amor que la acompañará mientras forman esa familia.
 Y miré atentamente la imagen con el sol ya salido tocando su pelo. Miré a la derecha, conté hasta ocho, justo antes de que apareciera el joven del patinete, hoy ya no se cae, pues aprendió rápido como la vida, como las hojas que desaparecen de los árboles para ser de nuevo vida en sus ramas, como el mendigo que espera su moneda, como la multitud que se pierde y vuelve siempre en las fiestas, como cada año vuelve la navidad con su color, su música, su fiesta, sus reuniones, las creencias nuestras convertidas en magia por todas las personas que creemos en su duende.
Yo soy aquel obrero que hizo el parque, pagó todos los meses la hipoteca, llenó el congelador, el psicólogo que te atendió, el poeta que escribió,  la madre que te educó, profesor en tu escuela, amiga, modista, peluquera, fotógrafo, soy quien abre el telón y lo dirige, quien te sentó en tu silla y te escuchó llorar sin escapar de mis ojos mis propias lágrimas y te ofreció sus chistes y respetó el silencio en tu paisaje, el enfado y con la voz calibrada,  tu cansancio, tu lágima y suspiro.
Y aún así, a mí nadie me ve, aunque estoy aquí, sabiendo. Pero después de todo yo si puedo, pues entre las pestañas de mis ojos, mis iris entrenados observaron desde muchos puntos la maravilla de la creación, la lucha por las cosas, y siempre la misma eterna conclusión, como constante efímera, hasta empezar una vez más de nuevo sin memoria, la vida no es revuelo, no es verso ni prosa, no es buena compañía, no es conversación, no es sustancia, ni números, no es  vigilia, ni sueño, ni prisión, no es nada sin amor.
Dedicada a todas las personas que con su presencia en esta vida contribuyen para mejorar la vida de los demás. Gracias de todo corazón,  os deseo Feliz Navidad y próspero año 2018.

Antonia Valle.



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