A mí nadie me ve pensó el abuelo.
Había esperado por la calle viendo los niños saltar y adiós al
momento, el juego estaba sujeto a unas reglas pero pasó rápido, tan rápido como
el vuelo de un pájaro que disfrutaba de las vistas hasta llegar a su nido, con
sus polluelos. Fue un juego aventurado y arriesgado, los niños pierden su miedo
mientras disfrutan jugando y a la vez se preparan para la vida adulta. Después cogimos
nuestras cosas, bolsos, meriendas por consumir, el carrito del bebé, a los
niños y nos fuimos.
Fuimos a ver a los jóvenes que hablaban de sus cosas, del
colegio, de los amigos, del rubor en las mejillas de mi niña, mayor ya, cuando la
miró el chico guapo de la clase. Hablaron de la ropa que le gusta para la
fiesta de cumpleaños sorpresa que le preparaban los padres, cuyas mentes no
podían pensar en otra cosa que en que
todo saliera bien.
Así en el mismo
parque sentados como tontos en un banco viendo los cúmulos nimbus pasar y
esperando el beso del vuelo a un paso del suelo, sujeta por la cintura del amado
y ese escalofrío singular de las mariposas a la que además acompaña hoy el
vuelo de la falda.
Su cara tras la
primera falta después, con estrellas en los ojos tras la prueba de embarazo que
hace al amor digno de ser amado y el abrazo de apoyo de la más cálida de las
parejas. Caminar juntos de la mano después, junto a los niños que corren en
vueltas y vueltas de la vida y he aquí sentado junto a Aristóteles en el más
escueto estudio de su poética en la retórica y repetitiva espiral de hojas
caídas en el mismo banco, apartadas para sentarme a pasar la tarde y esperando
que no llueva, esperando recordar días en el mismo parque, soñando aún también
con el futuro, recuerdo perfectamente la vida del joven que jugó a ser y fue.
Después de ver a los
nietos, imaginé su vida y pasó, les ayudé en su caída sin que me vieran, poniendo
la primera piedra para que el suelo sostuviera sus pies, después imaginé como
sería su fiesta de cumpleaños, su fantasía fue, antes la mía, ese carrusel que
eleva el carruaje hasta arriba y lanza serpentinas de colores y que empecé hablando con los primeros nómadas que
trajeron las primeras piezas recreativas, pero a mí me cogió mayor para montar.
Después miré su cara
tras la regañina de mi hija, impotente y supe que hablar despacio era la mejor
manera de no hacerlo llorar y hablé muy despacio a mi hija, la escuché siempre,
la amé al hacerlo para que su hijo nunca llorara porque ella no lo hizo tampoco.
Después, apartando los libros imaginé a mi hijo en la
oficina, cansado, absorto en su trabajo durante horas e inventé este parque
para relajarme y casualmente encontrarme con los míos, y que jugaran mi nietos en él y conseguí que
mi hijo se tomara un respiro para disfrutar.
Ante la soledad miré a aquella joven enamorada que venía
cada tarde, contuve el aliento pues a mí, el servicio militar me separó de mi
primer amor, aunque no pude hacer nada, se fue sin más y la lloré, a ella no le
pasará, pero quizás esté embarazada y sus ojos serán como las estrellas del
cielo cuando mire a su amor que la acompañará mientras forman esa familia.
Y miré atentamente la
imagen con el sol ya salido tocando su pelo. Miré a la derecha, conté hasta
ocho, justo antes de que apareciera el joven del patinete, hoy ya no se cae,
pues aprendió rápido como la vida, como las hojas que desaparecen de los
árboles para ser de nuevo vida en sus ramas, como el mendigo que espera su
moneda, como la multitud que se pierde y vuelve siempre en las fiestas, como
cada año vuelve la navidad con su color, su música, su fiesta, sus reuniones,
las creencias nuestras convertidas en magia por todas las personas que creemos
en su duende.
Yo soy aquel obrero que hizo el parque, pagó todos los meses
la hipoteca, llenó el congelador, el psicólogo que te atendió, el poeta que
escribió, la madre que te educó,
profesor en tu escuela, amiga, modista, peluquera, fotógrafo, soy quien abre el
telón y lo dirige, quien te sentó en tu silla y te escuchó llorar sin escapar
de mis ojos mis propias lágrimas y te ofreció sus chistes y respetó el silencio
en tu paisaje, el enfado y con la voz calibrada, tu cansancio, tu lágima y suspiro.
Y aún así, a mí nadie me ve, aunque estoy aquí, sabiendo. Pero
después de todo yo si puedo, pues entre las pestañas de mis ojos, mis iris entrenados observaron desde muchos puntos la maravilla de la creación, la lucha por las
cosas, y siempre la misma eterna conclusión, como constante efímera, hasta
empezar una vez más de nuevo sin memoria, la vida no es revuelo, no es verso ni
prosa, no es buena compañía, no es conversación, no es sustancia, ni números,
no es vigilia, ni sueño, ni prisión, no
es nada sin amor.
Dedicada a todas las personas que con su presencia en esta
vida contribuyen para mejorar la vida de los demás. Gracias de todo corazón, os deseo Feliz Navidad y próspero año 2018.
Antonia Valle.
Antonia Valle.
No hay comentarios:
Publicar un comentario