sábado, 30 de diciembre de 2017

El día que te conocí.



Había una vez una niña que vivía en un pueblo junto a su familia. Era una niña bastante aplicada y tenía amigos inseparables que nombraba todos los días. Su taza de la buena suerte, el cepillo del pelo, los lápices de colores y un llavero de la buena suerte pues portaba su llave a la que llamaba compañera.
Un día se despertó a media noche con pesadillas, soñaba que una bruja salía en plena noche y blandiendo el tridente demoníaco y buscaba algo entre la arena de los jardines cercanos a su casa. La bruja tenía harapos y cantaba y reía con mirada demoníaca.
Por la mañana le contó a su madre la pesadilla que muy preocupada le tomó la temperatura, miró su garganta y después le dio una yema con leche y mucha azúcar para que se recuperara.
Al cabo de los días volvió a soñar, ésta vez  con un hada blanca que le decía que las semillas había que cuidarlas bien desde el momento en que las plantara, que debía plantar  una semilla cerca de la puerta de su casa. Después la tendría que regar muchos días hasta que creciera. Si la semilla era especial saldría algo especial de ella.
Por la mañana le contó el sueño a su madre, pero su madre estaba muy ocupada y  apenas le hizo caso pero  le dijo:
-solo tienes cinco años, eres demasiado pequeña para plantar. – después se fue a trabajar.
Miren que así se llamaba la niña se quedó pensativa mucho rato. Quería hacer algo especial pero no sabía la forma, así que preguntó a los más ancianos del lugar sobre las formas de hacer crecer semillas y éstos le contaron muchas cosas pero no le dieron solución ya que ella quería saber interpretar el sueño, por lo que decidió hacerlo a su manera. Se propuso buscar semillas de color dorado. Juntó avena, trigo y otros cereales. También aceitunas, nueces y otros frutos, cogió también su llave de la buena suerte quedándose el llavero. Puso todo ello en una cajita y lo llevó  en su maleta unos días hasta decidir un lugar especial para plantar.
 Cerca de su casa  y de la iglesia había un jardín lleno de rosas, eligió un sitio entre un arbusto y la pared y allí escondió su cajita con las semillas entre el césped y unas piedras  de manera que no estuviera enterrada pero que nadie pudiera verlas.  Se aseguró desde fuera que el banco donde se sentaban quedaba delante e impedía la vista del lugar secreto. Se fue contenta a su casa esperando algo mágico que  sucediera en breve. 
Pasó el verano lentamente. Cada vez que Miren se asomaba al lugar donde  había escondido la cajita le lanzaba besos, poco a poco llegó el invierno y cuando casi se había olvidado de su juego, una noche de nuevo volvió la pesadilla con la bruja yde nuevo se  despertartó inquieta y asustada. Esta vez había soñado que daba vueltas alrededor del banco cerca de su escondite secreto.  Apenas hacía cuatro meses o cinco que había visto en sueños a la bruja y al hada buena y de repente sintió miedo de que alguien le hubiera robado su caja de semillas sin poder comprobar lo que sucedía. Se levantó, se puso sus zapatillas y salió de su casa. Sus padres aún dormían.
Fue hasta el lugar del escondite. Una vez allí miró alrededor sentada en el banco. No había nadie en la calle. De repente antes de que pudiera buscar la cajita una mujer harapienta de pelo largo y ojos desorbitados se acercó a ella. Tenía la cara llena de moco verde y las manos sujetaban una manta que tenía encima. Reía mientras la miraba  de forma maligna. Su risa parecía la de un payaso, sus ojos brillaban como si tuviera mucha fiebre y se movía ágilmente. Empezó a alejarse mientras decía señalando al suelo. 
-    Ya no está, el patito, patito va. Se me ha caído. Si vive o no puedes verlo tú. Busca, mira por ahí si quieres, ahí estará. Yo ya no lo veo más. Esto se hace y se va, yo no voy a estar, no sabes quién soy adiós niña. Se te ha caído a ti.
  Mientras hablaba y se  alejaba reía tenebrosamente.
Miren se frotó bien los ojos. ¡Acababa de llegar! ¿Cómo se le iba a caer algo allí si allí no ha pisado todavía? -  Está claro que miente no me ha visto allí porque no he ido allí – pensó – ¡Ha sido ella!
También le sorprendió que la mujer no le preguntase que hacía en la calle de noche y sola. 
Se levantó del banco y fue a buscar su cajita. En su lugar había un bulto, lo cogió con cuidado y pensó por su aspecto que era el patito pero no tenía ese aspecto porque tenía una trompetita. Lo envolvió con cuidado en su jersey y esperó sentada en el banco estupefacta mientras amanecía, pensando que sería aquello, estaba claro que era un ser vivo y que era suyo porque antes no sabía de su existencia y  ¡Ahora si! Me lo quedaré, se dijo, aunque no dejaba de sorprenderle que aquella mujer adulta tuviera esa reacción con algo tan minúsculo que apenas le cabía en la mano.
Poco a poco fueron encendiendo las luces de las casas, la panadería abrió sus puertas, serían las seis de la mañana.
Dejó al patito en el lugar donde lo había encontrado envuelto en su jersey y fue corriendo a su casa. Comprobó que su madre se había levantado y preparaba tranquilamente café, así que se vistió a toda prisa.
-Hola, ya me he levantado. Bebió rápidamente un vaso de leche y decidió guardar su secreto.
-  Voy a jugar - dijo a su madre.
-Ten cuidado Miren
Cogió un almohadón y salió corriendo, en apenas un minuto o dos estaba de vuelta. 
Comprobó que todo seguía en orden. Puso al patito encima de la almohada y lo miró atentamente.
No se movía, no piaba, se dio cuenta enseguida era un patito bastante raro, además no tenía plumas. Parecía un tubérculo.  Estaba claro que era suyo pues la cajita ya no estaba a la vista, había salido especial. Si no salió de la caja lo había encontrado ella. Primero tengo que mirar que es y después si puedo quedármelo. De pronto el ritmo de palpitaciones empezó a ser más rápido. 
  Solo se me ocurre ir al médico,  pues yo no sé lo que come ni se si va a morir si no lo llevo.
Esperó en la puerta del servicio médico, como el ritmo de su pulso parecía acelerar metió el dedo en lo que parecía la zona superior hasta causar que el aire entrase por él y el ritmo del pulso empezó a bajar un poco. Tenía el dedo lleno de lodo cuando el médico abrió. Una vez dentro de la consulta tuvo que convencer al doctor de que ella era la primera paciente, diciéndole que estaba dispuesta a cerrar la consulta hasta que la atendieran.
Después tuvo que convencerlo de que tenía un patito, le explicó que él no era veterinario y que además su patito no tendría problemas por sobrevivir.
-          Estaba enterrado, aún no le había salido el tallo, creo que puede ser de unas  semillas o que se le ha caído a alguien.
Ante su insistencia el doctor accedió a echar un vistazo, poco después empezó a preguntarle que de donde lo había cogido, que si había visto a alguien, que no podía ser suyo. Tuvo que convencer al médico de que el patito era realmente suyo para que no se lo quitara que le había cogido mucho cariño, lo que pasa es que estaba dormido no atendía al palito y empezó a sospechar que es otro ser especial y no un patito.

El médico muy amablemente le dijo que estaba bien y era un bebé prematuro que se le había caído a alguien.
-   A mí, sin duda me lo llevo a mi casa, voy a ver si me lo dejan tener. 
El doctor le explicó que había que incubarlo así que ayudó al doctor a poner un goteo con suero, después de explorarlo.  Tapado con el jersey fue introducido en una incubadora.
Ella estaba tan emocionada que empezó a llorar de alegría al saber que iba a ser un bebé.
 -Y ahora viene la gran pregunta, doctor, ¿Qué es niño o niña?
-Todavía no lo sabemos, - dijo el doctor.
- Y ¿Cuándo lo sabremos, doctor?
-Cuando nazca
-Y ¿Cuándo nacerá?
-Tenemos que decidir la fecha, cuando esté fuerte y pueda estar comiendo fuera sin problemas.
- Ya que voy a cuidarla yo ¿Puedo leerle?
- Si no hay pacientes, si.
 - Se llamará Ángel si es niño y si es niña lo pensaré.
Desde ese día Miren fue cada día a leer al bebé, lo hizo con cuidado pues ella no sabía leer muy bien, así que se tomó su tiempo en las lecturas. Empezó por los cuentos que tenía en casa, le leyó el cuentos de patitos -que tú no eres- le aclaraba siempre, el de la ratita presumida, del gato con botas y otros de su casa, después empezó a leerle cuentos de princesas. Otros días le leía los del colegio, no mucho tiempo y a veces no le leía nada, solo lo miraba y cantaba un poquito.
Al cabo de un tiempo el doctor le dijo que tendrían que buscar una mamá para su bebé.

-La mía es bastante buena y está algo gordita, así que no hay problema, te la traigo.
Su madre habló con el doctor y se puso bastante contenta al saber que estaba en cinta.

Elegiremos juntos la fecha de nacimiento.
Ella empezó a dar saltos de alegría y eligieron un día especial de cumpleaños, aún faltaban dos meses.
Aunque no todos serían alegrías pues un día tuvieron que llevarla a la U.C.I. que estaba en la ciudad, lejos de donde vivían. Su madre le dió permiso y ella estuvo todo el tiempo a su lado. Como también era pequeña buscó una mujer del pueblo que estaba en el mismo hospital y la colocó al lado para que dijera que estaban juntas pues su madre no podía acompañarla. Al bebé tuvieron que intubarlo y aprendió a ser fuerte mientras ayudaba al doctor.
Miren iba cada día más tiempo a ver al bebé y seguía hablando con ella, aunque al final solo cantaba. Un día  cantó tanto que se quedó ronca. Otro día se le hizo de noche. Otro día se quedó dormida a su lado y su madre tuvo que llevarla en brazos a su casa. Otro día al doctor le dolía la cabeza.
Para poder hablar y ver todo el tiempo al bebé Miren dejó de ir al colegio y consiguió una gran butaca para estar estudiando a su lado. Pasaron los meses y se convirtió en toda una ayudante.

 Así pasaron los meses hasta que llegó el momento del nacimiento.

Todos se pusieron muy contentos y su madre tuvo que ir al hospital que estaba en la ciudad. Supo que era una niña y casi lloró de la emoción.
Cuando llegó celebraron una gran fiesta.

Aun no había pasado un mes cuando vio de pronto a la bruja merodear harapienta por los alrededores.
Cogió su llave de la buena suerte y la colgó junto a la cuna.
Después cogió su llavero de la buena suerte y lo colgó junto a la reja de entrada, salió con sal muchos días a buscar a la bruja que quería quitarle el bebé, vigilando la entrada de su casa desde el banco.
Otro día la vio cerca del colegio y avisó a la directora.
Así fueron pasando los días, hasta que se dio cuenta que la bruja no volvería más pues se había diluido en el aire.

 Había descubierto la caja de semillas intacta al cabo de un tiempo y pensó que el premio por haber tenido la intención de crear algo bueno era mucho mejor que haber sabido plantar bien las semillas, al fin y al cabo las conservaba, así que la guardó como un tesoro utilizando las llaves de la suerte como amuleto. 
Basada en hechos reales

sábado, 23 de diciembre de 2017

FELICES FIESTAS

A mí nadie me ve pensó el abuelo.
Había esperado por la calle viendo los niños saltar y adiós al momento, el juego estaba sujeto a unas reglas pero pasó rápido, tan rápido como el vuelo de un pájaro que disfrutaba de las vistas hasta llegar a su nido, con sus polluelos. Fue un juego aventurado y arriesgado, los niños pierden su miedo mientras disfrutan jugando y a la vez se preparan para la vida adulta. Después cogimos nuestras cosas, bolsos, meriendas por consumir, el carrito del bebé, a los niños y nos fuimos.
Fuimos a ver a los jóvenes que hablaban de sus cosas, del colegio, de los amigos, del rubor en las mejillas de mi niña, mayor ya, cuando la miró el chico guapo de la clase. Hablaron de la ropa que le gusta para la fiesta de cumpleaños sorpresa que le preparaban los padres, cuyas mentes no podían pensar en otra cosa  que en que todo saliera bien.
 Así en el mismo parque sentados como tontos en un banco viendo los cúmulos nimbus pasar y esperando el beso del vuelo a un paso del suelo, sujeta por la cintura del amado y ese escalofrío singular de las mariposas a la que además acompaña hoy el vuelo de la falda.
Su cara  tras la primera falta después, con estrellas en los ojos tras la prueba de embarazo que hace al amor digno de ser amado y el abrazo de apoyo de la más cálida de las parejas. Caminar juntos de la mano después, junto a los niños que corren en vueltas y vueltas de la vida y he aquí sentado junto a Aristóteles en el más escueto estudio de su poética en la retórica y repetitiva espiral de hojas caídas en el mismo banco, apartadas para sentarme a pasar la tarde y esperando que no llueva, esperando recordar días en el mismo parque, soñando aún también con el futuro, recuerdo perfectamente la vida del joven que jugó a ser y fue.
 Después de ver a los nietos, imaginé su vida y pasó, les ayudé en su caída sin que me vieran, poniendo la primera piedra para que el suelo sostuviera sus pies, después imaginé como sería su fiesta de cumpleaños, su fantasía fue, antes la mía, ese carrusel que eleva el carruaje hasta arriba y lanza serpentinas de colores  y que  empecé hablando con los primeros nómadas que trajeron las primeras piezas recreativas, pero  a mí me cogió mayor para montar.
 Después miré su cara tras la regañina de mi hija, impotente y supe que hablar despacio era la mejor manera de no hacerlo llorar y hablé muy despacio a mi hija, la escuché siempre, la amé al hacerlo para que su hijo nunca llorara porque ella no lo hizo tampoco. 
Después, apartando los libros imaginé a mi hijo en la oficina, cansado, absorto en su trabajo durante horas e inventé este parque para relajarme y casualmente encontrarme con los míos,  y que jugaran mi nietos en él y conseguí que mi hijo se tomara un respiro para disfrutar.
Ante la soledad miré a aquella joven enamorada que venía cada tarde, contuve el aliento pues a mí, el servicio militar me separó de mi primer amor, aunque no pude hacer nada, se fue sin más y la lloré, a ella no le pasará, pero quizás esté embarazada y sus ojos serán como las estrellas del cielo cuando mire a su amor que la acompañará mientras forman esa familia.
 Y miré atentamente la imagen con el sol ya salido tocando su pelo. Miré a la derecha, conté hasta ocho, justo antes de que apareciera el joven del patinete, hoy ya no se cae, pues aprendió rápido como la vida, como las hojas que desaparecen de los árboles para ser de nuevo vida en sus ramas, como el mendigo que espera su moneda, como la multitud que se pierde y vuelve siempre en las fiestas, como cada año vuelve la navidad con su color, su música, su fiesta, sus reuniones, las creencias nuestras convertidas en magia por todas las personas que creemos en su duende.
Yo soy aquel obrero que hizo el parque, pagó todos los meses la hipoteca, llenó el congelador, el psicólogo que te atendió, el poeta que escribió,  la madre que te educó, profesor en tu escuela, amiga, modista, peluquera, fotógrafo, soy quien abre el telón y lo dirige, quien te sentó en tu silla y te escuchó llorar sin escapar de mis ojos mis propias lágrimas y te ofreció sus chistes y respetó el silencio en tu paisaje, el enfado y con la voz calibrada,  tu cansancio, tu lágima y suspiro.
Y aún así, a mí nadie me ve, aunque estoy aquí, sabiendo. Pero después de todo yo si puedo, pues entre las pestañas de mis ojos, mis iris entrenados observaron desde muchos puntos la maravilla de la creación, la lucha por las cosas, y siempre la misma eterna conclusión, como constante efímera, hasta empezar una vez más de nuevo sin memoria, la vida no es revuelo, no es verso ni prosa, no es buena compañía, no es conversación, no es sustancia, ni números, no es  vigilia, ni sueño, ni prisión, no es nada sin amor.
Dedicada a todas las personas que con su presencia en esta vida contribuyen para mejorar la vida de los demás. Gracias de todo corazón,  os deseo Feliz Navidad y próspero año 2018.

Antonia Valle.