145- TU QUE SABES A SAL
Tu. Tu que sabes a sal,
que el camino te trae
del desierto la mar
y consumes la vida
con deseo.
Tu, tu, indescriptible
aroma de
templanza
del olor de la espera,
que viene, que se espera.
Del carmín de camisas
que has fingido
lavar,
del reposo que a alguien
oportuno has brindado
ofreciendo tu hombro
a un pelo alborotado,
con frialdad en la
mente
escarcha en la mirada,
cliente de mujer con poca ropa.
Hoy nos hemos cruzado e inocente
tu rostro no he
mirado y tu perfume
mi sentido ha
nublado,
y hablando me
descubres
la sonrisa del mago.
Ya vienen los recuerdos,
de noches, de
promesas,
no cesan los deseos
de un amor verdadero
anhelos, solo anhelos.
Tú que caminas lento
con veloz sentimiento,
te finges verdadero
galán y aventurero.
Marchas entre la gente
con alardes de suerte,
despistado me vienes
a pedir sin llorar;
la billetera en mano,
que me intenta comprar,
jugando entre hombre sano,
y rico postulado que en su hombría
Cenicienta ha encontrado.
Con papá de camisa, guantes blancos,
con corbata y chaqué,
que no escuchó tus cuentos infantiles
y omite los consejos,
los cambió por dinero, sin amigos
y te enseñó a ser él.
Buscas comprar tus
besos con dinero,
un cuerpo que te arrope,
en noches que vendrán, de medias lunas.
Y vienen, las
descubro y en mi magia
las dagas ya se clavan y me muerden
me asustan y me
atrapan
con las cuerdas que atan mis muñecas
y gorilas que atrapan cenicientas
con el perfume de mi inocente piel
con miradas de arena y duros puños,
cristales de papel.
Ya escapo, ya corro y voy
abrumada, acosada,
tropezando, asustada,
espantada, acorralada.
Corro, me fugo del
lugar,
y voy como ave sin corral,
que huye de un
truhán
y tú, cual cobarde galán
te quedas mis zapatos
bajo el brazo.
Corro y no miro atrás.
Descalza por las calles de tu amor
y ahora con los pies
en el dolor,
las nauseas me
repiten al pensar
el moho de tu círculo
encubierto,
en asiento de blanca oscura piel
de tu coche de lujo
nacarado,
la inocencia en mi mente se perdió
en tu aparente y agradable olor.
Corro y no miro atrás.
Huyo a salvo me voy
por las calles plagadas de la gente
que parece sentir mi vendaval
y con fuegos cruzados
me cruzo en mi escapada,
sin pensar, sin volverme,
sin dolor ni agujeros,
desprecio tu desdén,
y me sigues detrás.
Al cruce de una calle
en duelo de miradas que se espían,
se baten en un duelo de bandadas,
y ruedan por los suelos,
las tupidas miradas
se nublan en la noche
de saeta.
Y la calle cruzo sin pensar
que la gente se va,
que el fuego les asusta,
la calle se vacía
y suenan los disparos
y brillan los casquillos a su paso,
quebrando los cristales a balazos,
tres partes en conflicto,
agentes vigilando,
confluencias de calles y en el medio
yo de ti escapando.
Rápida y sin zapatos
mi pierna sube y baja y les atiza,
se desparraman balas
y se fugan los malos
después de tres trallazos, me agazapo,
desde el suelo contemplo mis zapatos,
caídos de tu mano, al lado de tu charco,
y tus rodillas,
los grises pantalones de tu pánico
de orina se han mojado.
Ahora veo tu miedo,
el sable con que juegas se ha doblado
y tu mano ha soltado.
Ahora siento el peso
de mi peso,
mi mirada se expande y no se quiebra,
no se esconde a las
balas,
no lloro ante la muerte,
no tiembla mi muñeca,
no vacila mi mente,
no escondo la
existencia,
en estrías de otros,
ni en esfínteres flojos,
no resbalo en el suelo
cuando se acerca el lobo.
Resalto mi valía en tu desmayo,
me quejo de saberme vencedora
de la mano que aplasta la deshora,
me alargo y me protejo,
me regalo el aliento
de mi estima
y alejo la ambulancia de tus nervios,
a la calle mojada que
resbala.
Hoy vuelco mi cabeza en mi montaña
mi estrella en un destello cruza el cielo,
hoy me voy y ahora ya
me alejo y no te veo
y pienso, sin volver atrás la vista
¡Adiós muchacho feo!
Antonia Valle
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